martes, octubre 10, 2006

Martes consagrado por el agua.

Son las ocho y treinta y cinco minutos, y acabo de notar que llueve, pero minimizo las cosas, salgo de mi pequeña jaula y es un aguacero tan fuerte como el que pudo haber ocurrido hace exactamente dos años, pero quien sabe si estoy en lo correcto. Noto también que por debajo de la puerta principal que lleva hasta la oficina se empieza a acumular el agua llovida, que a cántaros ha invadido la terraza; el enorme tapete que nos da la bienvenida a nosotros y a nuestros pies no podrá detener el avance de tanto lí­quido.

Ahora recuerdo: la última vez que escuché a una voz femenina que me llamase por mi séptimo nombre, fue en una ocasión que lloví­a de esta forma. Habrí­amos corrido si no hubiese sido en vano, tantas gotas, gruesas y groseras, y nada que se interpusiera entre ellas y nosotros. Ya pronto nos dábamos cuenta de que era más sencillo y menos bochornoso mojarnos sin ningún reparo.

Luego, mi mente avanza en la memoria sin respeto a la continuidad de los hechos. Situación que reitero a menudo cuando quiero tomar del pelo alguna pictórica y más estética visión de lo ocurrido. Era su casa y el agua también se colaba entre el piso y la puerta. El agua se habrí­a metido entre nosotros y el suelo si no fuera porque nos moví­amos de lado a lado; probablemente no habrí­a en ese momento sustantivo, adjetivo o verbo que viniese con nosotros que estuviese seco, difí­cilmente a salvo de tanta humedad.

Es solo en momentos así que uno deja salir alguna idiotez de la que después se lamenta entre risas… aunque no puedo recordar bien… pero de alguna improvisación sosa entre los dos nos enfrentamos y alternamos algo así: “Lluvia, agua, llueve, cae, arrástralo todo, lava las sucias aceras, no permitas charcos, ni siquiera te intimides con las pendientes, no dejes que nada se quede sin mojar, que todo sea un río desbocado, sin control ni pausa, sin temor al desastre, sin esperar el fin”…

Luego de toda aquella bobada ella me dice al oído: “Las gotas que en mi han caído han de secarse pronto”, y yo, yo no tuve más que hacer que convertirme en aguacero...

Hoy consagro con agua este martes de mojada memoria, que por casualidad llovió tanto como aquel otro lunes. Aunque hoy nadie me tome por lluvia, aunque hoy no sepa en donde está ella. Hoy, nos volveremos a empapar, porque hoy no tengo paraguas, porque ella nunca llevó sombrilla, porque a los dos nos gusta tanto la lluvia.