jueves, octubre 26, 2006

Alice.

Dos menos uno ya no es solo una expresión de pocos vértices y de simple resultado. Es algo más complejo, un teorema para no comer y no dormir entre muchos ensayos de ecuaciones que nunca llegarán a nada en concreto. Tal vez en ese oscuro dilema numeral se habría encontrado el matemático y escritor Charles Dogson (alias Lewis Carroll) cuando escapaba a su otro mundo, al “país de las maravillas”, al otro lado del espejo, para buscar refugio literario ante su precaria situación emocional.

¿Que sufría Lewis Carroll que no es capaz de sufrir ningún otro ser de la misma hojalata? Pues en realidad nada nuevo, ninguna enfermedad relacionada con los números enteros. Lo que quizás Lewis descubrió y ensayo en carne y mente, en su calidad de matemático soñador, fue que los números enteros no tienen nada que ver con la vida, pues esta más bien se compone, oh vaya ironía, de números reales, negativos y positivos, fracciones (de vida quizás). Esa sería su enfermedad y obsesión sin salida. Lo que probablemente hace tan diferente el violento, virulento padecimiento de este hombre con respecto a nuestros pequeños y regulares catarros: La conciencia numérica.

¿Cómo entender la enfermedad de Carroll? Dos formas:

Hacer lo propio, no quedarse atrás. Empiece usted mismo y proceda en ejercicio: “Dos menos uno, igual a cero”. Luego trate de hacer que semejante ecuación pueda demostrarse con un postulado personal: ponga una larga y una corta, llénese de números multiplicados por fracciones de infinitos decimales, busque el valor real de su hipotenusa (que tiende siempre a alejarse de su musa). Ya en ese punto tendrá su primer síntoma de tan terrible enfermedad: obsesión (anote: primer producto de su ecuación). El resto es sencillo y viene por lo que conocemos como simplificación matemática. Sumas y restas, factores arriba y abajo que se eliminan y que ya conocemos cuales son, y que van reduciendo lo que está a la izquierda y a la derecha a la mínima expresión.

Al final, nunca va a poder demostrar lo que en un principio planteó, pero si es posible que haya obtenido “subproductos” menos esperados en sus últimos cálculos: tristeza, soledad, desamparo, autodestrucción y otros con más y menos decimales. Entonces, ¡enhorabuena!, bienvenido a Carroll-city: Un lugar maravilloso en donde las fantasías se van a tomar por culo. Tome su camiseta (que ya habrá de tener número real asignado), y siéntese cómodamente con todos nosotros.

Bien. La otra forma: Efectiva, menos procedimental, más farmacéutica que matemática pero quizás igualmente dolorosa: Escuchar el disco Alice de Tom Waits y explorar el mundo Lewis Carroll desde adentro, en trance acústico y dentro de una burbuja, que eso si, no promete resguardarnos con sello de garantía de las peligrosas pero fascinantes desventuras de todos los personajes que sufren y convergen a lo largo de este recorrido auditivo.

Un viaje fuera de su propia espiral hacia una ajena o al menos no tan propia, y también todo un tratamiento retroviral contra los ensayos matemáticos anteriores. Efectos secundarios: músico-dependencia Waits-ciana, posible disminución en efectividad de otros “musicamentos”, y una leve y gradual pérdida de la memoria “feliz”.

Alice

It's dreamy weather we're on
You waved your crooked wand
Along an icy pond with a frozen moon
A murder of silhouette crows I saw
And the tears on my face
And the skates on the pond
They spell Alice

I disappear in your name
But you must wait for me
Somewhere across the sea
There's a wreck of a ship
Your hair is like meadow grass on the tide
And the raindrops on my window
And the ice in my drink
Baby all I can think of is Alice

Arithmetic arithmetock
Turn the hands back on the clock
How does the ocean rock the boat?
How did the razor find my throat?
The only strings that hold me here
Are tangled up around the pier

And so a secret kiss
Brings madness with the bliss
And I will think of this
When I'm dead in my grave
Set me adrift and I'm lost over there
And I must be insane
To go skating on your name
And by tracing it twice
I fell through the ice

Of Alice

miércoles, octubre 11, 2006

Efectos extraños, objetos alucinantes.

Intento someterme al momento de encender un cigarrillo en un espacio reducido y cerrado, para provocar la repetición de lo que con más conciencia desprecio de contemplar con serenidad y sin asombro: las viciosas proyecciones que la muestran repentina y provocadora.

Solo algunas cosas me incitan ahora mismo: objetos para sostener únicamente con dos dedos. Si ahora mismo se repitiera, si volviese a aparecer, no dudaría con certeza en utilizar mis restantes ocho dedos para no dejarla ir.

“Casualidad forzada, eso es juego sucio”, dirán mis voces, y sin embargo, yo les diré que la aparición de ella tampoco tan honesta; que los efectos extraños que ella provoca son los reales y alucinantes, y que ese objeto que tanto abrazan mis dedos sostendrá toda su mentira antes de desvanecerse a su mínima expresión.

Sus enervantes resultados me obligan a seguir en estos espacios, ella, sólo confirma mi postura al respecto. En tales condiciones, todo se confabula a mi favor. Solo espero no cometer la torpeza de apagar la braza.

martes, octubre 10, 2006

Martes consagrado por el agua.

Son las ocho y treinta y cinco minutos, y acabo de notar que llueve, pero minimizo las cosas, salgo de mi pequeña jaula y es un aguacero tan fuerte como el que pudo haber ocurrido hace exactamente dos años, pero quien sabe si estoy en lo correcto. Noto también que por debajo de la puerta principal que lleva hasta la oficina se empieza a acumular el agua llovida, que a cántaros ha invadido la terraza; el enorme tapete que nos da la bienvenida a nosotros y a nuestros pies no podrá detener el avance de tanto lí­quido.

Ahora recuerdo: la última vez que escuché a una voz femenina que me llamase por mi séptimo nombre, fue en una ocasión que lloví­a de esta forma. Habrí­amos corrido si no hubiese sido en vano, tantas gotas, gruesas y groseras, y nada que se interpusiera entre ellas y nosotros. Ya pronto nos dábamos cuenta de que era más sencillo y menos bochornoso mojarnos sin ningún reparo.

Luego, mi mente avanza en la memoria sin respeto a la continuidad de los hechos. Situación que reitero a menudo cuando quiero tomar del pelo alguna pictórica y más estética visión de lo ocurrido. Era su casa y el agua también se colaba entre el piso y la puerta. El agua se habrí­a metido entre nosotros y el suelo si no fuera porque nos moví­amos de lado a lado; probablemente no habrí­a en ese momento sustantivo, adjetivo o verbo que viniese con nosotros que estuviese seco, difí­cilmente a salvo de tanta humedad.

Es solo en momentos así que uno deja salir alguna idiotez de la que después se lamenta entre risas… aunque no puedo recordar bien… pero de alguna improvisación sosa entre los dos nos enfrentamos y alternamos algo así: “Lluvia, agua, llueve, cae, arrástralo todo, lava las sucias aceras, no permitas charcos, ni siquiera te intimides con las pendientes, no dejes que nada se quede sin mojar, que todo sea un río desbocado, sin control ni pausa, sin temor al desastre, sin esperar el fin”…

Luego de toda aquella bobada ella me dice al oído: “Las gotas que en mi han caído han de secarse pronto”, y yo, yo no tuve más que hacer que convertirme en aguacero...

Hoy consagro con agua este martes de mojada memoria, que por casualidad llovió tanto como aquel otro lunes. Aunque hoy nadie me tome por lluvia, aunque hoy no sepa en donde está ella. Hoy, nos volveremos a empapar, porque hoy no tengo paraguas, porque ella nunca llevó sombrilla, porque a los dos nos gusta tanto la lluvia.