viernes, diciembre 22, 2006















Cambio de luces

Def: Ese acto intencional de los conductores, queriéndonos decir algo con las luces frontales de sus vehículos, haciéndolas cambiar de normales a altas; gesto que probablemente reconocemos, y que con sorpresa posteriormente entendemos.

Son las 5:40pm, y de este lado del hemisferio occidental, y en este país, ubicado entre el paralelo 10° de latitud norte y el meridiano 84° 0' de longitud oeste, el sol se oculta a las 5:55pm del día. ¿Interesante numero no?. En fin, ya falta poco para que eso ocurra.

Yo, que conduzco hacia el oeste, recibo ya ese incómodo efecto de la escasez de luz, la primera señal de la penumbra que la puesta de sol producirá.

Con la dificultad que implica manejar a esas horas, y con las pupilas que aun no se dilatan lo suficiente para ser capaces de ver con menos luz, la tensión se convierte en el acompañante de al lado. Entonces es cuando empieza a ocurrir: Un auto, que viene en sentido contrario, me hace un cambio de luces. Entonces miro rápidamente mi tablero.

- No, no llevo las luces altas, no lo he deslumbrado, ha de ser otra cosa, me habrá querido decir algo. ¿qué será?, ¿Qué ocurre allá adelante?, ¿Qué quiso decirme con su gesto?

Yo no podía verlo con claridad en el momento en que hizo su seña, y aún no puedo ver del todo bien, vi sus luces, todo el resto del auto fue casi una sombra que se aproximaba y finalmente pasaba junto a mi.

- ¿Habrá sido algún conocido?, quien talvés si pudo reconocer mi auto, dada su condición de viajar de oeste a este, con la ventaja lumínica que eso implica. No, no creo, íbamos considerablemente rápido y en sentidos contrarios eso es poco probable.

Entonces sigo con mis descartes…

- ¿Será que cerca de aquí habrá algún obstáculo en la vía?, en este país uno no encuentra una recta en carretera de más de 2km de longitud. Todo es posible en un país de curvas.

- ¡Un oficial de tránsito adelante!, no, tampoco, ya he recorrido cierta distancia y no me he encontrado con nadie al lado de la vía.

Y aquí es donde empieza y termina mi teoría: Quien ha pasado en sentido contrario, sólo habrá querido extender algún tipo de saludo, o bien no habrá querido decir nada.

El… o ella, ha hecho el cambio de luces sabiendo que en mis condiciones, un destello más en esta oscuridad me dejaría un par de segundos más ciego de lo que ya estoy.

Esta conclusión me pone un poco nervioso. Sigo mi recorrido, cuando sean las 6:15pm el fenómeno habrá terminado, y mis pupilas, estarán tan adecuadas a la oscuridad que no seguiré tan inquieto, no como hasta ahora.

Mas tarde, al recordar al auto que me recetó el cambio de luces, veo lo simbólico de su gesto. Algo de todo esto lo veo todos los días en alguien. Tal ves tengo una lógica tan limitada, que para todo necesito explicaciones concretas.

Un cambio de luces nunca es suficiente.

miércoles, diciembre 06, 2006

La ‘ida’ que esta tan adentro de la ‘vida’…

Llegó la hora del diluvio, ya no hay excusas para no pensar que diré ‘no más’ un poco más antes que pronto, más rápido de lo que hace tanto tiempo habría creído para mucho después…

Decir…
No más a la falsa esperanza.
No más mis tórridas intenciones.
No más a fingir que voy a hacer lo que quiero cuando sé que siempre termino haciendo solo lo que puedo.
No más a soportar con sonrisa teatral a los que ni se enteran y a los que no pueden entender.
Nunca más rechistar de mis espacios vacíos.
No más de suavizar mis palabras por no caer de la gracia de mis cercanos.
Nunca más contar los días desde ‘la última vez que…’.
No más de tomarle la palabra y de creerle a un buen día.
No más esperar ni resaltar los picos de mis histogramas.
No más someterse a juicios por mis tristezas.
No más de extrañar cuando lo que realmente quiero es olvidar.
No más de contenerme por lo que supuse no debía de hacer.
Nunca más detenerme a media salida.

Que al menos irme sea lo único que nunca deje a medias, porque mi vida es parte ida y sin partida parte mía no puede seguir con vida. No más a los cabos sueltos. Nunca más a sus hilos.

Me levanto en protesta contra mi propio ego, reniego de ese orgullo malhablado que vociferó en contra de lo que alguna vez llamé lo propio, y maldigo esta mala leche que apenas despierto me amarga las mañanas.

Y hoy como cualquier otro día, me lleno de más mentiras que solo servirán para que mañana tenga nuevos “no más” para rehacer mi lista.

Mañana veré que tan planito puedo llevar el día.

Lo mejor que pude repetirme hoy… los siguientes 6:49 minutos de Peter Gabriel:

http://peerfactor.fr/g.jsp?f=Darkness.1165387197.zip

viernes, noviembre 03, 2006



















9 Songs.

Esto va a acabar mal...

Ayer he tenido la oportunidad de montar viaje con esta película de Michael Winterbottom, “9 Songs”. Una salida/llegada que ha me ha sometido a una hora de trayecto y unos cuantos más minutos y centímetros de piel y hielo. Añadiendo a la mezcla una dosis de música indie (ni tan indie ya… puntos de vista).

El caso es que ciertamente hay emociones y sensaciones que uno puede experimentar con ciertas películas; esta en particular logra llegarle a uno al sistema y de alguna manera, escena a escena, cambiarle el rol de espectador o voyeur a uno menos intromisorio, y rápidamente llevarlo a la vulnerabilidad, a romper el más previsto de los cortafuegos que pueda tenerse instalado, e irrumpir en la misma memoria “relacional” y a los bancos de código, donde uno guarda ese montón de “if’s” y “else’s” que nunca llegaron a ejecutarse, que no se utilizaron oportunamente, o que se ejecutaron tan bien que ya no hay ganas de crear ningún otro bucle que lleve tan siquiera a algo similar.

http://www.tiscali.co.uk/events/2005/9songs/main.html















¿Que me ofreció 9 songs?

1) Una secuencia de eventos sexuales y afectivos bastante explícitos, muy lejanos a lo que podría esperarse de un film tripe x, pero eso si, de similares fronteras burladas en cuanto a “cine en serio” se refiere. 2) Una relación pasional, no tan desenfrenada pero inevitablemente efímera, como es de esperar. Y… 3) La música en directo de Elbow, Michael Nyman, Primal Scream, Super Furry Animals, Franz Ferdinand, The Dandy Warhols y otros, como punto de partida y como suplemento auditivo de este corto viaje.

Luego las referencias postales de los hechos: The Brixton Academy, el departamento de Matt, las infinitas y desoladas placas heladas de la Antártida y por último y en mucha cantidad… los para nada helados cuerpos de Lisa y del arrendatario.














¿A que viene todo esto en este espacio? Pues aquí es donde entro y salgo yo con mis maletas.

Desde hace algún tiempo conversaba con un amigo sobre esa necedad del cine tradicional de darnos una visión siempre teñida de masculinidad de la sexualidad, donde la feminidad es base argumental del deseo, y el cuerpo femenino, el último logro fotográfico, y el inicio de toda sensualidad.

Todo tendrá una razón, y desde mi perspectiva de torpe cazador, el cuerpo femenino es bello al extremo y por defecto. Eso sí, después de esa afirmación todo se vale y cada quien hace con sus propiedades lo que quiere. Pero más al detalle, cada flor desnuda (por citar a Aute) tiene mayores posibilidades de resultar bellísima que las que podría tener su propia florista, si las tomamos al azar. Claro está… no por nada se dice que es posible encontrar una hermosa flor en el más tórrido de los pantanos.

En fin, a falta en nuestra plática de una concienzuda opinión femenina, no fuimos capaces de defender plenamente las gracias visuales de la sexualidad masculina (si es que las hay), o la factibilidad de poder afirmar que la genitalia masculina ante una cámara no es mera cosa del viejo in-out, in-out (diría Alex de Large en la vieja naranja) en cualquier filme porno. Nada estético, nada que pueda fotografiarse y colgar de una pared. Aquí terminó la conversación.

9 songs por lo menos deja claro que hay un equilibrio entre las partes (Matt, glaciólogo y Lisa, estudiante), un empate sexual; y ciertamente el desarrollo de la historia y sus personajes le quita ese halo de morbo al sexo explícito en pantalla, y lo que es más: real, no fingido. Después vendrán las desequilibrantes consecuencias emocionales.

Yo la verdad confieso me han manipulado un poco a su antojo, el resto ha sido un resbalón sólo mío, porque de alguna forma uno encuentra su propia íntima proximidad con la de alguno de los personajes y se siente hasta afectado por lo que ocurre o deja de ocurrir.

Me ha gustado el resultado. Pero aunque no trate de echarle en cara a Winterbottom lo que probablemente tampoco es culpa ningún otro cineasta, es que siempre seguiré esperando a que alguien llegue con una propuesta de ojo femenino que reivindique sensualmente al género masculino, o aún menos posible y más gracioso, que pongan a Wally, Willy, Dick, como quieran decirle, como el protagonista de una historia de desenfreno y lujuria. Y no hay tal. Ningún 007 habría emanado su condición de macho alfa bajando su cremallera en la pantalla, y si alguna vez se ha visto en otro lado, nunca fue con intenciones tan serias.

Y no es que sea yo creyente de esa religión de tetas 10 y pecto-erectus que ahoga al mundo de hoy en su propia banalidad. Si digo firmemente que hace falta esa visión del hambre sexual femenina, de placer visual, de presa y cazadora, de frustración y pérdida, donde el hombre sea el deseo y la mujer la hembra alfa, y que por supuesto, pueda ser llevada del formato neuronal al formato 16:9 con todas sus consecuencias. Hasta da risa el disparate… ¿no?













De este lado del planeta, el título “9 songs”, fue traducido al castellano por “9 orgasmos”; bien, pues yo no los conté todos, sé que si fueron 9 canciones las que desfilaron de a ratos y a pedacitos en algunos casos, bien acomodados en su mayoría. Es mas, casi boto lagrimita en la secuencia en donde se alterna la música de Michael Nyman (“Nadia”) con una de las tantas escenas de cama. Seguramente algo me habrá recordado.

jueves, octubre 26, 2006

Alice.

Dos menos uno ya no es solo una expresión de pocos vértices y de simple resultado. Es algo más complejo, un teorema para no comer y no dormir entre muchos ensayos de ecuaciones que nunca llegarán a nada en concreto. Tal vez en ese oscuro dilema numeral se habría encontrado el matemático y escritor Charles Dogson (alias Lewis Carroll) cuando escapaba a su otro mundo, al “país de las maravillas”, al otro lado del espejo, para buscar refugio literario ante su precaria situación emocional.

¿Que sufría Lewis Carroll que no es capaz de sufrir ningún otro ser de la misma hojalata? Pues en realidad nada nuevo, ninguna enfermedad relacionada con los números enteros. Lo que quizás Lewis descubrió y ensayo en carne y mente, en su calidad de matemático soñador, fue que los números enteros no tienen nada que ver con la vida, pues esta más bien se compone, oh vaya ironía, de números reales, negativos y positivos, fracciones (de vida quizás). Esa sería su enfermedad y obsesión sin salida. Lo que probablemente hace tan diferente el violento, virulento padecimiento de este hombre con respecto a nuestros pequeños y regulares catarros: La conciencia numérica.

¿Cómo entender la enfermedad de Carroll? Dos formas:

Hacer lo propio, no quedarse atrás. Empiece usted mismo y proceda en ejercicio: “Dos menos uno, igual a cero”. Luego trate de hacer que semejante ecuación pueda demostrarse con un postulado personal: ponga una larga y una corta, llénese de números multiplicados por fracciones de infinitos decimales, busque el valor real de su hipotenusa (que tiende siempre a alejarse de su musa). Ya en ese punto tendrá su primer síntoma de tan terrible enfermedad: obsesión (anote: primer producto de su ecuación). El resto es sencillo y viene por lo que conocemos como simplificación matemática. Sumas y restas, factores arriba y abajo que se eliminan y que ya conocemos cuales son, y que van reduciendo lo que está a la izquierda y a la derecha a la mínima expresión.

Al final, nunca va a poder demostrar lo que en un principio planteó, pero si es posible que haya obtenido “subproductos” menos esperados en sus últimos cálculos: tristeza, soledad, desamparo, autodestrucción y otros con más y menos decimales. Entonces, ¡enhorabuena!, bienvenido a Carroll-city: Un lugar maravilloso en donde las fantasías se van a tomar por culo. Tome su camiseta (que ya habrá de tener número real asignado), y siéntese cómodamente con todos nosotros.

Bien. La otra forma: Efectiva, menos procedimental, más farmacéutica que matemática pero quizás igualmente dolorosa: Escuchar el disco Alice de Tom Waits y explorar el mundo Lewis Carroll desde adentro, en trance acústico y dentro de una burbuja, que eso si, no promete resguardarnos con sello de garantía de las peligrosas pero fascinantes desventuras de todos los personajes que sufren y convergen a lo largo de este recorrido auditivo.

Un viaje fuera de su propia espiral hacia una ajena o al menos no tan propia, y también todo un tratamiento retroviral contra los ensayos matemáticos anteriores. Efectos secundarios: músico-dependencia Waits-ciana, posible disminución en efectividad de otros “musicamentos”, y una leve y gradual pérdida de la memoria “feliz”.

Alice

It's dreamy weather we're on
You waved your crooked wand
Along an icy pond with a frozen moon
A murder of silhouette crows I saw
And the tears on my face
And the skates on the pond
They spell Alice

I disappear in your name
But you must wait for me
Somewhere across the sea
There's a wreck of a ship
Your hair is like meadow grass on the tide
And the raindrops on my window
And the ice in my drink
Baby all I can think of is Alice

Arithmetic arithmetock
Turn the hands back on the clock
How does the ocean rock the boat?
How did the razor find my throat?
The only strings that hold me here
Are tangled up around the pier

And so a secret kiss
Brings madness with the bliss
And I will think of this
When I'm dead in my grave
Set me adrift and I'm lost over there
And I must be insane
To go skating on your name
And by tracing it twice
I fell through the ice

Of Alice

miércoles, octubre 11, 2006

Efectos extraños, objetos alucinantes.

Intento someterme al momento de encender un cigarrillo en un espacio reducido y cerrado, para provocar la repetición de lo que con más conciencia desprecio de contemplar con serenidad y sin asombro: las viciosas proyecciones que la muestran repentina y provocadora.

Solo algunas cosas me incitan ahora mismo: objetos para sostener únicamente con dos dedos. Si ahora mismo se repitiera, si volviese a aparecer, no dudaría con certeza en utilizar mis restantes ocho dedos para no dejarla ir.

“Casualidad forzada, eso es juego sucio”, dirán mis voces, y sin embargo, yo les diré que la aparición de ella tampoco tan honesta; que los efectos extraños que ella provoca son los reales y alucinantes, y que ese objeto que tanto abrazan mis dedos sostendrá toda su mentira antes de desvanecerse a su mínima expresión.

Sus enervantes resultados me obligan a seguir en estos espacios, ella, sólo confirma mi postura al respecto. En tales condiciones, todo se confabula a mi favor. Solo espero no cometer la torpeza de apagar la braza.

martes, octubre 10, 2006

Martes consagrado por el agua.

Son las ocho y treinta y cinco minutos, y acabo de notar que llueve, pero minimizo las cosas, salgo de mi pequeña jaula y es un aguacero tan fuerte como el que pudo haber ocurrido hace exactamente dos años, pero quien sabe si estoy en lo correcto. Noto también que por debajo de la puerta principal que lleva hasta la oficina se empieza a acumular el agua llovida, que a cántaros ha invadido la terraza; el enorme tapete que nos da la bienvenida a nosotros y a nuestros pies no podrá detener el avance de tanto lí­quido.

Ahora recuerdo: la última vez que escuché a una voz femenina que me llamase por mi séptimo nombre, fue en una ocasión que lloví­a de esta forma. Habrí­amos corrido si no hubiese sido en vano, tantas gotas, gruesas y groseras, y nada que se interpusiera entre ellas y nosotros. Ya pronto nos dábamos cuenta de que era más sencillo y menos bochornoso mojarnos sin ningún reparo.

Luego, mi mente avanza en la memoria sin respeto a la continuidad de los hechos. Situación que reitero a menudo cuando quiero tomar del pelo alguna pictórica y más estética visión de lo ocurrido. Era su casa y el agua también se colaba entre el piso y la puerta. El agua se habrí­a metido entre nosotros y el suelo si no fuera porque nos moví­amos de lado a lado; probablemente no habrí­a en ese momento sustantivo, adjetivo o verbo que viniese con nosotros que estuviese seco, difí­cilmente a salvo de tanta humedad.

Es solo en momentos así que uno deja salir alguna idiotez de la que después se lamenta entre risas… aunque no puedo recordar bien… pero de alguna improvisación sosa entre los dos nos enfrentamos y alternamos algo así: “Lluvia, agua, llueve, cae, arrástralo todo, lava las sucias aceras, no permitas charcos, ni siquiera te intimides con las pendientes, no dejes que nada se quede sin mojar, que todo sea un río desbocado, sin control ni pausa, sin temor al desastre, sin esperar el fin”…

Luego de toda aquella bobada ella me dice al oído: “Las gotas que en mi han caído han de secarse pronto”, y yo, yo no tuve más que hacer que convertirme en aguacero...

Hoy consagro con agua este martes de mojada memoria, que por casualidad llovió tanto como aquel otro lunes. Aunque hoy nadie me tome por lluvia, aunque hoy no sepa en donde está ella. Hoy, nos volveremos a empapar, porque hoy no tengo paraguas, porque ella nunca llevó sombrilla, porque a los dos nos gusta tanto la lluvia.